Ven, vamos a darle al botón de retroceder para volver, volver contigo al momento de conocernos. Volver al principio, retroceder y quedarnos ahí.
Aún recuerdo cuando te di dos besos por primera vez, cuando te sonreía inconscientemente y jugaba a mirarte sin que te dieras cuenta. Aún recuerdo tu primer mensaje, las primeras sonrisas cómplices , las primeras conversaciones tan intensas como nosotros y los primeros minutos sudorosos antes de quedar contigo.
¿Te acuerdas? Las luces de las estrellas no querían apagarse esa noche, nos miraban a través del balcón de ese pequeño salón. Que recuerdo tus manos nerviosas por mis brazos, nuestras risas sinceras acompañadas de esa botella de vino y recuerdo mirar las agujas del reloj y no creer que pasaran los minutos tan rápido… Quizás fue en ese momento exacto en el que me di cuenta que tu y yo seríamos para siempre.
Apareciste como un rayo de luz en un día gris, pero fue día a día cuando te dedicaste a deslumbrar cada rincón de ese corazón gris y atónito. Y esto es para hablarte de eso que llaman principio aunque en este caso lo llamaría precipicio… Asomarme a tu desbocada sonrisa y besarte al ritmo de aquella canción en tu salón tras haberlo soñado tantos días antes.
Fueron muchas veces las que saciaba mi boca bebiendo agua fría pensando en tus labios con los míos y preguntándome porque. Escribimos poesía y erotismo en cada rincón que pudimos y tras una dura lucha y guerra, decidimos plantar bandera. Bandera de conquista, pero no de victoria.
Y así son los principios de finales que saben a poco. Y que si pudiera pedir algo que no se cumpliera, como dice la canción de funambulista te diría «que quiero que vuelvas».
